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Objetos representativos del folklore argentino: la carreta.

La-carreta-pasajera-a18020251Su origen se remonta a fines del s XVI y la diferenciaban de la española, un conjunto de particularidades impuestas por las distintas condiciones del medio, las distancias que debían recorrer, el objeto de sus viajes, cargas y pasajeros y por los materiales con que estaban construídas.

Era un carro muy grande, tirado por bueyes. Constaba de dos ruedas de más de 2m de altura con una maza gruesa de aproximadamente 0,60m como centro. El eje medía poco más de 3m y sobre el mismo apoyaba el lecho o cajón del vehículo, compuesto por una viga llamada pértigo de unos 6,30m de longitud, acompañada por otras dos de 3,80m unidas en el pértigo por las teleras (especie de varas). 

El cajón medía menos de 1,50m y sobre su plano se clavaban, en cada costado, tres estacas que soportaban un arco de madera fina arqueado que oficiaba de techo, cubierto con cueros de buey o toro, cosidos. Los costados se cubrían con tejido de simbol o totora y constaban de pequeñas ventanas de ventilación. El quinchado de los lados y la bóveda cubierta de cuero preservaba de las lluvias a los pasajeros y carga. Se subía al vehículo por una escalerilla guardada debajo de la caja, durante la marcha. 

Más tarde tuvieron puerta de acceso, provista de llave. En el extremo del pértigo llevaba un yugo de aproximadamente 2m al que se uncían - por medio de coyundas envueltas en las astas - los bueyes que tiraban de la carreta. En su interior podía estarse de pie. Un entarimado bajo, ancho y largo, servía de cama para una persona y sentados, podían caber seis, enfrentadas. Un nicho cóncavo, abierto únicamente adelante y sólo lo suficiente como para recibir a un hombre, servía de pescante; allí se sentaba el picador que dirigía el vehículo, quien también solía sentarse en la misma extremidad del pértigo, en medio del yugo que sujetaba la cabeza de los bueyes tronqueros.

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Una caña tacuara, terminada en aguja, asegurada y suspendida en balanza bajo el techo de la carreta, se usaba para dirigir a los bueyes delanteros, unidos por largas cuerdas al pértigo y colocados de dos en dos en fondo, en cantidad necesaria según el estado del camino y a bastante distancia unos de otros, de manera que al atravesar algún río, bañado o pantano, los delanteros o tronqueros pisaran tierra firme mientras los otros se hallaban aún empeñados en el cruce. Debajo de la puerta de entrada, en la parte opuesta, un barrote de madera (muchacho), adherido a cada uno de los extremos del pértigo por medio de cuerdas, caía verticalmente y, cuando desprendían los bueyes, mantenía la carreta en equilibrio horizontal, asegurado por dos columnas de apoyo. 

A las carretas de la provincia de Tucumán se las llamaba castillos y llevaban el techo y la caja de quincha. Eran más pequeñas que las utilizadas en la provincia de Buenos Aires y se las distinguía por el ruido que producía el rozamiento de la maza de la rueda al girar alrededor del eje de madera dura. Cada carreta - en particular las de la provincia de Buenos Aires - cargaba alrededor de 3.000 kgs. 

Se distinguían de las de Tucumán en que tenían ejes, argollas y cabezales de hierro. Bajo el techo se colocaban las provisiones, los cofres y las pequeñas cargas personales, cuando estaba dedicada al tránsito de pasajeros. Los viajes de carretas se realizaban por todo el territorio argentino, desde las provincias de Mendoza, San Juan, Salta, La Rioja, Catamarca, trayendo y llevando los productos de la tierra como cereales, frutas secas, lana, cueros, noques de vino, tejidos,e tc. Algunas, por un abra de la gran cordillera, llegaban hasta Chile realizando intercambio de productos y pasajeros. Cada viaje de ida y de vuelta duraba alrededor de tres meses, según el estado de los caminos y del tiempo. 

Como medio de transporte y también de correo, se hallaban establecidas distintas tropas, con fecha fija de salida y se anunciaba la recepción de carga y pasajeros para determinados puntos. Durante la guerra, se utilizaron para transportar bagajes, municiones y alimentos y se convertían a veces, en cuartel militar. Hacia finales del s XVIII llegó a organizarse una tropa de 600 para traer sal de los extremos de la provincia de Buenos Aires, que pasaban tres meses en los caminos. Su organización tenía el carácter de una verdadera expedición militar, dada la extensión del desierto y el peligro de ser atacadas por los indígenas.

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fuente: ArgentinaLive

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